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«Psicoanálisis del arte», de Sigmund Freud | Reseña

Cuando un historiador del arte formado en el corpus tradicional de la materia se enfrenta a la reunión de ensayos intitulada Psicoanálisis del arte, se confronta a uno de los autores más influyentes del siglo XX, así como a una doctrina cuyos repertorios interpretativos tienen vastamente más importancia en el entendimiento de la realidad, que todos los libros juntos de historia del arte en su mismo siglo.

Sigmund Freud (1856-1939), además de psicoanalista, era conocido aficionado de las artes, especialmente las de la Antigüedad, de ello da prueba su curiosa colección de objetos mediterráneos, que ha peregrinado por el mundo en diversas exposiciones. Menos favorecedor era del arte contemporáneo de su tiempo, que le mereció menos atención.

Un historiador del arte podría opinar que en sus interpretaciones sobre el arte, Freud acusa una falta de análisis contextual, iconográfico, estilístico-formal y de la historia de las mentalidades, entre muchos otros. Interpretación, sobreinterpretación, ultrainterpretación son juicios que un no psicoanalista puede determinar tras leer los textos freudianos en este libro, pero, al mismo tiempo se puede abrir el espectro y preguntarse, ¿y por qué no? ¿por qué no abrir la interpretación del objeto histórico-artístico a aquello que no es evidente o que la formación profesional rigurosa no permite dilucidar?

Acaso para un historiador del arte profesional, la enseñanza de Psicoanálisis del arte sea que hay una metodología más de la cual puede valerse para entender el arte como un fenómeno de la realidad psíquica, empero, habría que convertirse en un psicoanalista para adentrarse en ella. Hay un caso muy claro, Ernst Kris (1900-1957), otrora connotado y eruditísimo historiador del arte, quien, al comprometerse con el estudio de la mente como discípulo de Freud, abandonó su primera profesión. Ese puede ser el peligro de esta metodología: las profundidades de la mente bien pueden seducir más que aquellas de las formas.

Los ensayos

Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci

Da Vinci fue un homosexual, de los que Freud clasifica dentro del apartado de la homosexualidad ideal, que llegó a sublimar sus deseos sexuales a través de la creación artística, y posteriormente, de manera significativa, en un inmenso apetito por investigar las cosas de la Naturaleza: “las aportaciones del instinto sexual a la vida anímica de Leonardo quedan repartidas entre la represión, la fijación y la sublimación” (p. 69). Nacido ilegítimo, criado durante los primeros cinco años por una madre sumamente amorosa, su vida libidinosa fue marcada profundamente, ya que el amor de la madre se convirtió en objeto de deseo y posterior identificación adulta; la zona erógena bucal recibió una acentuación, la cual preservará y hará notar en su vida adulta, como en la misma Monna Lisa, cuya enigmática sonrisa asegura Freud, despertó en el autor una serie de rasgos psíquicos, que ya nunca abandonaría en su obra.

El Moisés de Miguel Ángel

Freud afirma que Miguel Ángel escogió la figura de Moisés como símbolo de reproche al papa Julio II, lo mismo que una amonestación para sí mismo. Para llegar a esta conclusión, se basó en la relación que el artista y el pontífice habían establecido, y en especial se refiere a las ambiciosas ideas que el clérigo pretendía llevar a cabo. La escultura de Moisés representaría a un ser que ha logrado vencer a las propias pasiones, la cólera y el temperamento, para poder llevar a cabo la tarea que le encomendó Dios. Ésta sería la manera en que Miguel Ángel interpreta el ejemplo del profeta, y así intenta reprocharle al papa, en su propio sepulcro, la ambición y pretensión desmedidas que marcaron su vida terrenal, y no las acciones de carácter piadoso, las cuales estaba obligado a llevar.

El delirio y los sueños en la obra de Jensen

En la obra de Jensen se narra una especie de tratamiento psiquiátrico para aliviar a Hanold, arqueólogo que presenta todos los síntomas de vivir en un profundo delirio, cuyo factor detonante fue la aparición de un bajorrelieve romano al cual llamó Gradiva. Posteriormente, entabla una relación con una mujer llamada Zoe, la cual se convertirá en el objeto de atención del delirante, para posteriormente lograr salir de aquel estado. En su obra, Jensen realiza una suerte de análisis psicoanalítico de sus protagonistas, sin embargo, como recurso estético y estilístico, no realiza una crítica a la psiquis de los afectados, sino más bien ahonda en las particularidades: “descubre en sí mismo lo que otros aprendemos en otros; esto es las leyes a que la actividad de lo inconsciente tiene que obedecer”, por medio del relato literario las expone profusamente, de manera estética. Freud destaca el tema de los sueños del héroe, mismos que determinan la actividad psíquica del relato: los sueños inconscientes y reprimidos, que lo llevaron hasta Pompeya misma, y el segundo, más intenso, de tipo erótico, que lo conducen al deseo carnal.

Un recuerdo infantil de Goethe en <<Poesía y verdad>>

En aquella biografía, el autor alemán relata una travesura infantil, que consistió en arrojar cacharros y la vajilla casera de manera indiscriminada. El psicoanalista interpretó aquel recuerdo como la ocasión en la que el niño Goethe manifestaba vigorosamente su deseo de suprimir a un objeto o intruso que le resultaba perturbador, en este caso, su pequeño hermano Hermann Jakob. Según los casos que relata en el resto del ensayo, esta actitud de arrojar cosas, funciona como símbolo de la insatisfacción y enfado que significa la llegada de un nuevo componente a la familia, que trae como consecuencia para el niño la pérdida de la completa y visceral atención que antes le proveía su madre.

Dostoievski y el parricidio

Dostoievski manifestó en su vida y obra, aquel fuerte sentimiento de culpa que sentía, por haber deseado la muerte de su padre. El trauma del asesinato del padre fue algo que no logró superar y somatizaba algunos rasgos autodestructivos de ello: era un histérico grave, lo cual se manifestaba en su epilepsia, su personalidad ondulaba entre el masoquismo y la bondad, el sadismo y genialidad. Freud afirma que era un homosexual latente, por el tipo de relaciones que llevaba con otros hombres, algo marcado por el suprimido deseo sentido hacia el padre durante la pubertad.


BIBLIOGRAFÍA

Freud, Sigmund, Psicoanálisis del arte, Madrid, Alianza Editorial, undécima reimpresión, 1998. Trad. de Luis López-Ballesteros y de Torres.

 

Libro disponible en:

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